Recopilatorio de mitos erróneos acústicos – 1ª parte Juan Miguel Jiménez 08-0188

Durante muchos años se han creado mitos acústicos que nada tienen que ver con la realidad. La ciencia acústica moderna no aparece hasta el año 1900 cuando Wallace C. Sabine explica su fórmula para calcular el tiempo de  reverberación. Vemos que tiene un siglo de vida, durante el cual las diferentes teorías se han ido sucediendo aunque todavía hay mucho camino por recorrer.
Los mitos acústicos se forjaban en base a la falta de conocimiento de los principios físicos que rigen la acústica. Por ejemplo la buena acústica del  Teatro Cubilliés  de Munich, se pensaba que era debida a la pintura dorada de las paredes y sus adornos. No tiene nada que ver el color de las paredes con la acústica, que depende del volumen de la sala y de los materiales perimetrales.
Otro mito es que las iglesias tienen una excelente acústica. Los tiempos de reverberación son de 3 y 4 segundos. Un exceso de reverberación produce excesiva energía sonora que no deja escuchar el mensaje correctamente. Sólo nos sirven para escuchar el canto gregoriano o música escrita para órgano, los otros estilos de música sufren de una reverberación excesiva y el sonido se vuelve muy cargado.
Este problema también existe para la voz humana. En las iglesias de bóvedas altas, el orador tenía que marcharse del altar hacia el pulpito central. Este estaba en un lado de la bóveda principal y tenía un tornavoz o baldaquino, una especie de marquesina: Su colocación era para que el sonido de la voz del predicador no se perdiese por las bóvedas, pero habitualmente es muy pequeño para poder enviar ondas reflejadas hacia la audiencia, tan solo hace un poco de sombra acústica.

En una conversación con el director de orquestra H. Von Karajan se comentó que la buena acústica de las salas se debe a que hay esparcidas por diferentes lugares de la misma, botellas de cristal rotas. Parece ser que era frecuente encontrar botellas rotas en los desvanes y rincones de las salas por lo que se dedujo tal relación. En realidad, la presencia de dichas botellas era debido a que los obreros que habían construido las salas, tiraban los envases después de sus innumerables comidas. Estas botellas se encuentran fuera de la sala y su posible influencia en la acústica interior es nula.
Otro curioso mito lo encontramos en un pozo que hay en el sótano de la Academia de Música de Filadelfia. Está situado en el centro del teatro y se cree que su existencia es para fines acústicos, cuando en verdad lo realizaron para sofocar posibles incendios.
Algunos de los mitos han sido obtenidos del libro Acústica arquitectónica de Manuel Recuero y Constantino Gil.

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